La Casita Blanca

Joan Manuel Serrat

En ese abrevadero amable y romántico, el amor fue amo y 
señor y hoy bajo su alero no anidan más pájaros que las 
palomas donde da el sol. Quizá le llamaban La Casita Blanca
 por tener terraza de sábana inquieta o quizá porque el 
amor furtivo tiene ojos de amigo y pluma de poeta y en sus 
pasillos extravió unos calzoncillos. Cuidó gentilmente y 
por un precio módico aquel desliz madrugador, cuando ella 
con la compra y usted con el periódico desayunaban incierto
 amor o cuando una boca murmuró al oído el lenguaje tibio 
de la ropa blanca. Cuando los bolsillos rebosaban besos. La
 Casita Blanca le proporcionaba "algo" discreto donde 
encerrar un secreto. Un mundo de espejos a media luz pálida
 y un perfume familiar que se acurrucan contra la puerta 
metálica que ha clausurado la autoridad. Los vecinos 
hablan...
Las brujas retozan... y un par de pichones huye al 
descampado y un viejo ex-cliente, pura sensatez, hace 
bloques de pisos amueblados en un tono rosa. Pero aquello 
era otra cosa.
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