Ay, qué dulce recompensa,
privilegio del vecino,
tu ventanal milagroso,
gracias a Dios, sin visillos.
Regalo para mis ojos,
mis pecadores sentidos,
vi tu cuerpo aquella vez
como nadie lo había visto.
Parecías enojada
con tu amante o tu marido
porque tiraste con rabia
el broche de tu corpiño.
Tú sabes que estoy mirando,
al recoger el vestido,
lo deslizas lentamente
dándome lo merecido.
Y yo, frente a tu ventana,
clavado como un cuchillo,
el corazón en la boca,
turbado y agradecido.
Viendo como te desnudas
frente al espejo bendito
que me guiña tu reflejo
como cómplice bandido.
Breteles negros, bordados,
liberan tus pechos finos,
y yo, esperándolo todo,
gozando como un chiquillo.
Bajo tu espalda distingo
la línea de mi delirio,
un diamante brilla al frente:
pubis de oro embellecido.
Tus manos sabias recorren,
sensuales, el buen camino,
entregada a tus fantasmas
fina cerraste el postigo.
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